
A medida que pasan los meses voy recuperando momentos pasados que vagaban perdidos en grandes lagunas de mi memoria. Antes se limitaban a inusuales apariciones, lejanas entre sí en el tiempo, que venían atraídas por un olor, una canción, una antigua fotografía o alguna remota historia que les hacía volver. Ahora aparecen de improviso sin ser buscados, sin que exista un hilo conductor que les inicie su camino de regreso o quizás los sentimientos que han nacido con Blanca sean el faro que les guía hasta mi vida presente.
Al contrario que el fantasma del pasado de Dickens no sólo me muestran los buenos recuerdos, sino que también arrastran los más molestos y desagradables. Todos ellos, buenos y malos, me fueron creando y modelando como el escultor trabaja sobre el barro. Todos nuestros recuerdos nos moldearon hasta ser lo que somos, hasta pensar de la forma en la que lo hacemos.
Pero el banco de los recuerdos es inagotable y crece, evoluciona y envejece a nuestro paso, ofreciendo nuevas versiones de nosotros mismos, aportando matices distintos y dando nuevas oportunidades a nuestra escultura, para poder seguir realizando cambios en la obra.
Cuando empecé a leer y a aprender nuevas formas de hacer las cosas albergaba innumerables dudas sobre si sería posible liberarse del Yo y mis circunstancias. Deseaba buscar alternativas a los gritos y castigos para mejorar, si era posible, la educación que yo había recibido.
Hoy siento que estoy en el camino adecuado, pisando con firmeza las baldosas amarillas que llevan al ansiado lugar que busco. Con la certeza de haber conseguido ya algunos logros (como la introducción de los sólidos sin necesidad de pasar por las papillas) y con la dicha de no haber dado nada por sentado. Orgullosa de seguir aprendiendo y de haber buscado apoyo en otras madres que pensaban como yo. Hoy estoy más cerca de lo que tanto deseaba y experimento profunda satisfacción cuando veo el resultado en la felicidad de mi pequeña.